Publicado: 25.JUN.2026
Hay pocas imágenes más evocadoras que la de una persona inclinándose sobre un manantial de montaña para beber agua cristalina directamente de la naturaleza. En películas, anuncios y redes sociales, el agua que brota de la tierra suele presentarse como algo puro, virgen y casi mágico. Si además proviene de un pozo antiguo o de una fuente rural escondida entre árboles, la sensación de autenticidad aumenta todavía más.
Sin embargo, la realidad es bastante menos romántica. Que un agua sea transparente, fresca y tenga buen sabor no significa necesariamente que sea segura para el consumo humano. De hecho, algunas de las aguas aparentemente más limpias pueden contener microorganismos, sustancias químicas o gases disueltos que pasan completamente desapercibidos para nuestros sentidos y nos pueden hacer mucho daño.
No se trata de generar alarma ni de afirmar que toda el agua subterránea que está bajo nuestros pies sea peligrosa. Millones de personas consumen agua procedente de acuíferos milenarios, eso sí, perfectamente controlados y siendo el agua tratada adecuadamente antes de llegar a sus hogares. El problema aparece cuando decides beber directamente de un viejo pozo o un manantial sin ningún tipo de análisis previo.
Veamos por qué la prudencia suele ser una buena compañera mucho más recomendable que el entusiasmo cuando se trata de hidratarse directamente con agua del subsuelo.
Existe una creencia bastante extendida según la cual cuanto más natural es un agua, más saludable resulta. Es una idea comprensible. Al fin y al cabo, solemos asociar la naturaleza con pureza y la intervención humana con contaminación.
¡Pero no te creas! La naturaleza no siempre juega a nuestro favor.
Mucho antes de que existieran las fábricas, los automóviles o los fertilizantes industriales, ya había bacterias, virus, parásitos, metales pesados, sustancias y gases ‘naturales’ potencialmente perjudiciales para nuestra salud. La Tierra lleva miles de millones de años fabricando compuestos químicos complejos y radiactivos sin necesidad de ayuda humana.
Por eso, el hecho de que un agua emerja directamente de una roca o de un acuífero profundo no garantiza automáticamente que sea apta para beber.
Uno de los mayores problemas del agua subterránea es que muchos de sus contaminantes son invisibles.
Si vieras un estanque cubierto de algas verdes, probablemente pensarías dos veces antes de beber de él. Sin embargo, un manantial de agua totalmente transparente puede contener elementos igual o incluso más peligrosos que un pantano maloliente.
Entre los posibles riesgos que podemos encontramos en un agua subterránea están:
● Bacterias patógenas.
● Virus.
● Protozoos y parásitos.
● Nitratos.
● Arsénico.
● Manganeso.
● Hierro en concentraciones elevadas.
● Sulfuros.
● Radón y otros gases de origen geológico.
● Residuos procedentes de actividades agrícolas o ganaderas (restos de fertilizantes, pesticidas y herbicidas).
La lista no parece corta. Y lo más inquietante es que muchos de ellos no alteran ni el color ni el sabor del agua de una forma apreciable por nuestro sentido del gusto.
Cuando piensas en contaminación bacteriana probablemente imaginas tuberías rotas o aguas residuales. Sin embargo, numerosos microorganismos pueden alcanzar los acuíferos a través del suelo.
Las filtraciones procedentes de explotaciones ganaderas, fosas sépticas defectuosas o zonas agrícolas pueden introducir bacterias como Escherichia coli, indicadoras de contaminación fecal.
Además, determinadas condiciones geológicas permiten que microorganismos patógenos recorran distancias considerables bajo tierra hasta alcanzar acuíferos y aguas subterráneas.
El resultado es que un pozo aparentemente aislado en mitad del campo puede contener organismos capaces de provocar gastroenteritis, diarreas, vómitos o infecciones de diversa gravedad.
Y no, el hecho de que tu abuelo bebiera de esa fuente durante cuarenta años no constituye un análisis microbiológico válido. Porque antes no se usaba la cantidad de productos fitosanitarios que se usan hoy en día en la agricultura y la ganadería.
En muchas regiones agrícolas, uno de los problemas más habituales de las aguas subterráneas son los nitratos procedentes, precisamente, de abonos y fertilizantes.
Los fertilizantes actuales utilizados en los cultivos contienen compuestos nitrogenados que llegan a infiltrarse lentamente a través del terreno y alcanzar los acuíferos del subsuelo.
Una vez allí, permanecen disueltos en el agua y resultan imposibles de detectar a simple vista.
Las concentraciones elevadas de nitratos pueden representar un problema especialmente importante para bebés y mujeres embarazadas. Por este motivo, las administraciones sanitarias establecen límites muy estrictos para el agua destinada al consumo humano.
Cuando bebes agua de un pozo privado sin controles periódicos, simplemente no sabes qué cantidad de nitratos estás ingiriendo. Pero te puedo asegurar que muchos. Porque ya no quedan áreas de cultivo que estén libres del uso abusivo de fertilizantes y abonos químicos.
Muchas personas asocian los metales pesados exclusivamente con la contaminación industrial, pero algunos de ellos pueden encontrarse de forma natural en determinadas formaciones geológicas.
El arsénico es probablemente uno de los ejemplos más conocidos. En algunas zonas del mundo aparece de manera natural en las aguas subterráneas debido a las características de las rocas por las que circula el agua.
Lo mismo ocurre con otros elementos como manganeso, hierro o fluoruro en determinadas concentraciones.
La presencia de estas sustancias no suele producir síntomas inmediatos. Precisamente por eso pueden pasar desapercibidas durante años.
Aquí aparece un riesgo menos conocido durante años, pero que hoy en día está siendo cada vez más estudiado por su importancia.
El radón es un gas radiactivo natural que se genera por la desintegración del uranio presente en algunas rocas y terrenos de la corteza terrestre.
Como el agua subterránea permanece confinada bajo tierra durante largos periodos, puede acumular concentraciones relativamente elevadas de este gas radiactivo.
Cuando el agua contaminada por este gas emerge al exterior, si es sometida a procesos de aireación, gran parte del radón se libera a la atmósfera y queda diluido. Sin embargo, si el agua permanece en pozos profundos o sistemas cerrados, el radón puede mantenerse disuelto durante más tiempo en ese agua.
Por este motivo, en determinadas zonas geológicas se recomienda controlar específicamente la presencia de radón en aguas subterráneas que se destinan al consumo humano, mediante mediciones específicas que cuantifiquen la concentración de radón en ese agua.
Llegados a este punto podría parecer que los lagos, embalses o pantanos son automáticamente mejores. Tampoco es tan sencillo.
Las aguas superficiales pueden sufrir contaminación biológica, proliferación de algas o aportes de contaminantes procedentes de actividades humanas. Por eso también requieren vigilancia y tratamiento.
Sin embargo, presentan algunas características que juegan a su favor. La principal es la exposición continua al aire que permite su aireación.
Mientras que el agua subterránea permanece confinada en poros, fisuras y cavidades del terreno durante largos periodos, las aguas superficiales, como lagos y pantanos, están constantemente en contacto con la atmósfera. Esto permite que muchos de los gases potencialmente peligrosos disueltos en el agua (como el radón), se diluyan en el ambiente exterior.
Además, agentes naturales como el viento, las corrientes, el oleaje y las variaciones de temperatura favorecen una intensa aireación natural de la masa del agua.
En definitiva, la aireación de las aguas superficiales produce varios efectos positivos que debes conocer:
● Incrementa el contenido de oxígeno disuelto en el agua.
● Favorece la liberación de determinados gases a la atmósfera.
● Reduce la acumulación de compuestos volátiles.
● Facilita que se produzcan ciertos procesos naturales de depuración biológica del agua.
No significa que un pantano sea una planta potabilizadora gigante, pero sí que dispone de mecanismos naturales que no existen del mismo modo en un acuífero profundo bajo tierra.
El oxígeno disuelto desempeña un papel fundamental en la calidad del agua. Cuando existe una buena oxigenación y aireación de la masa de agua, se desarrollan numerosos microorganismos beneficiosos que participan en procesos naturales de degradación de materia orgánica en el agua.
Además, muchos compuestos indeseables que puedan contener el agua, tienden a oxidarse o transformarse en otras sustancias inocuas, más fácilmente en ambientes que estén bien aireados y oxigenados.
Por el contrario, las aguas subterráneas suelen presentar concentraciones de oxígeno mucho más bajas debido a su aislamiento del exterior. Esto favorece unas condiciones químicas distintas que permiten la permanencia en el agua de ciertos elementos potencialmente peligrosos durante más tiempo.
Llegado a este punto, conviene aclarar algo importante: la comparación entre aguas subterráneas y superficiales no significa que debas salir corriendo a beber directamente de un lago.
Ten en cuenta que el agua destinada al consumo humano debería pasar siempre por ciertos controles sanitarios y de tratamientos adecuados, independientemente de su origen.
De hecho, muchas redes de abastecimiento utilizan aguas superficiales procedentes de embalses, mientras que otras emplean aguas subterráneas de acuíferos. En ambos casos, el factor decisivo es el tratamiento posterior para adecuar ese agua al consumo humano.
Las estaciones y plantas potabilizadoras eliminan microorganismos, reducen contaminantes químicos, ajustan parámetros de calidad y garantizan que el agua cumpla los requisitos sanitarios establecidos por Ley.
Por tanto, al final lo que realmente marcará la diferencia no es tanto de dónde procede el agua, sino el hecho de que haya sido analizada y tratada correctamente.
Los pozos y manantiales forman parte de nuestro patrimonio natural y cultural. Muchos de ellos proporcionan aguas de excelente calidad y han abastecido a comunidades enteras durante generaciones. Sin embargo, la imagen idílica del agua que brota de la tierra no debe hacernos olvidar una realidad fundamental: la pureza aparente no siempre coincide con la seguridad sanitaria.
Las aguas subterráneas pueden contener microorganismos, nitratos, metales o gases naturales que pasan completamente desapercibidos. En cambio, las aguas superficiales de lagos y pantanos cuentan con una mayor aireación natural y una interacción constante con la atmósfera que favorece determinados procesos de depuración y eliminación de gases de forma natural y espontánea.
En cualquier caso, la verdadera garantía de seguridad no está en si el agua procede de un pozo, un manantial, un lago o un embalse. La clave está en el control, el análisis y el tratamiento adecuados.
Porque cuando se trata de beber agua, la naturaleza puede ser maravillosa, pero un buen laboratorio sigue siendo un compañero de confianza bastante recomendable. 🙋
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Hermenegildo Rodríguez Galbarro
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